Un obsequio. Así puede pensarse esta muestra. No como algo solemne ni grandilocuente, sino como un gesto humilde y sencillo que se ofrece y se comparte. Algo que circula de boca en boca y permanece en la memoria.
Veranos de nuestra niñez reúne obras que dialogan con la infancia y con esa memoria afectiva que no se ordena en fechas, sino en sensaciones. Todas hablan de ese territorio íntimo donde los primeros descubrimientos, los tropiezos, los juegos y las escenas familiares dejan huella. Son imágenes que invitan a que los abuelos nombren y los más chicos pregunten, a que una obra dé pie a una conversación que atraviesa generaciones.
La noche del 6 de febrero, cuando la muestra abrió sus puertas en la Estación San Martín, esa invitación tomó cuerpo. Entre artistas, vecinos, familias y autoridades, se percibió que lo que allí sucedía iba más allá de una simple inauguración: era un encuentro donde la Ciudad toda nos abría los brazos para recibirnos. La presencia de la Intendenta Susana Laciar, el acompañamiento de Fernanda Fredes desde la Secretaría de Turismo, Cultura y Educación de la Ciudad, el trabajo del equipo de la Estación San Martín junto a su directora Susana Caldentey y la participación del presidente del Concejo Deliberante, Elio Vargas Martos, dieron marco a una celebración que tuvo, ante todo, un tono humano.

En los jardines de la Estación comenzó la palabra compartida. Allí se mencionó el concepto japonés "ikigai", entendido como la razón de ser de cada uno, aquello que da sentido profundo a lo que se hace y al modo en que se ofrece al mundo. Desde esa perspectiva, el rol de los artistas se vuelve esencial: con su sensibilidad ayudan a comprender quiénes fuimos y quiénes estamos siendo. Acompañar ese trabajo, generar condiciones y tender puentes forma parte del espíritu que sostiene la propuesta de la galería virtual.
La curadora, Lucila Riofrío Montoya puso el foco en el universo interior de cada artista como un territorio común. Observó que las obras revelan una exploración sensible de los recuerdos tempranos, de los vínculos y de las experiencias que moldean la identidad. Su mirada evitó la nostalgia superficial y propuso, en cambio, una lectura atenta de aquello que permanece vivo en cada imagen: la huella de lo vivido que, al transformarse en forma y materia, logra sobreponerse a las fronteras del tiempo y del espacio, afirmando en cada obra una íntima y luminosa trascendencia.
Cuando cantaron las primeras frases de “Volveré siempre a San Juan”, en la voz de Viviana González, el jardín entero se iluminó. La Intendenta Susana Laciar y Fernanda Fredes se sumaron en armonía, sin etiquetas ni protocolos, compartiendo el canto y la emoción con artistas y vecinos. Muchas voces acompañaron espontáneamente, y en ese instante la identidad sanjuanina dejó de ser un simple dicho para volverse experiencia compartida, una escena donde muchos corazones latieron al unísono.
El gesto inaugural de la suelta de avioncitos de papel terminó por condensar ese espíritu de inocencia renovada. La Intendenta Susana Laciar arrojó el suyo junto a los artistas, dejando por un instante la investidura y los protocolos para sumarse a la propuesta como hija, como madre y como vecina. Fue una imagen simple y luminosa que evocó la infancia sin solemnidad, desde un lugar genuinamente humano. Ese vuelo breve sobre el césped, liviano y colectivo, quedó como símbolo de lo que la muestra propone: memoria, juego y comunidad.

La curaduría de la muestra no busca explicar el recuerdo ni fijarlo en una interpretación única. Propone un recorrido abierto, donde cada visitante pueda reconocerse y completar la experiencia con su propia historia. Hay en las obras ternura y carácter, huella y vitalidad. Hay pasado, pero también presente.
La muestra colectiva marca un año de trabajo de la galería virtual: un largo proceso de aprendizaje y confianza adquirida, de articulación entre lo digital y el encuentro presencial. En ese proceso participaron artistas, instituciones y equipos que sostuvieron cada instancia con compromiso, entre ellos Eliana Femenía, coordinadora de muestras de la Estación, cuyo acompañamiento atento fue fundamental para que cada detalle encontrara su forma en esta exposición.
La exposición continúa abierta hasta el sábado 28 de febrero. Vale la pena visitarla sin apuro, recorrer las salas, escuchar los comentarios de otros y dejar que una imagen despierte una historia propia.
Un obsequio. Lo fue aquella noche de febrero y lo sigue siendo cada vez que alguien cruza la puerta de la Estación y se detiene a mirar una obra. Si logra convertirse en conversación, en un entendimiento entre generaciones, en un pequeño puente que fortalezca a la familia, entonces su sentido estará cumplido.
Y nosotros, agradecidos, seguiremos trabajando para que el arte siga siendo encuentro, respeto mutuo y comunidad.